sábado, 24 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

José subía las escaleras con dificultad.

Hacía un rato, que María había oído como las sierras del taller se habían apagado con el ruido grave de una sirena.

Ella salía a recibirle a la puerta de su vivienda. Supuso, que por ser viernes, José su marido, se había entretenido un poco mas. Habría pagado la semana a los dos operarios y habría hecho un pequeño arqueo de caja. Cuando llegó a la puerta su marido ya estaba en el penúltimo rellano.

La cara de José era triste, denotaba un cansancio de siglos, en su mano subía una bolsa de cuero con el dinero de la recaudación.

María se adelantó sonriente, le tomó la mano y juntos hicieron los últimos pasos hasta la vivienda.

Miró a su marido con ternura, con la infinita ternura, que la tradición le otorga, y este como en una escena repetida durante siglos comenzó a lamentarse:

Que si los impuestos lo ahogaban.

Que el banquero, cada día le ponía mas duro, el conseguir un crédito.

Que los trabajadores cada día ponían menos cuidado en su trabajo...

María asintiendo, le condujo hasta el sillón. Le descalzó, mientras le ponía las pantuflas, observó los tobillos de su marido. Hacía semanas que lo encontraba mas torpe al moverse. Eso le preocupaba.

José seguía lamentándose, añoraba aquel pequeño taller de de Nazaret

¿Porque tuvimos que venirnos aquí?

¿No era esa mejor vida?

Allá era carpintero, lo que equivalía a constructor, sabía cortar las vigas de una casa, y construirla desde los cimientos. Aquí en la urbe solo podía trabajar la madera, puertas bancos, alguna mesa y poco mas. En NY, los carpinteros solo hacían muebles y el Lower East Side, el barrio judío, solo se trabajaba para los vecinos del barrio.

María sonriendo, le dijo, no te aflijas, ya sabes porque. Es es por el niño. Primero huimos de Herodes luego de Pilatos y Roma mas tarde...

Somos una de tantas sagradas familias que tienen un mensaje que dar a los hombres. En cada siglo, en cada ciudad, ha habido una de imagen nuestra.

José asintió. Ya se ya se... que es por El y su mensaje.

¿Por cierto que hace?

Ah está en su habitación, conectado a Internet; contestó María.

¿Internet? ¡La Toráh es lo que debía estar estudiando! ¿Has hablado con el rabino?

Si si, José, contestó María, ya lo sabes y sabes la respuesta; es capaz de confundir al Sanedrín con sus preguntas. Gracias que rabí Simón tiene una gran paciencia.

¿Y en la escuela que hace?

Sus maestros dicen que es un soñador, es muy despierto, y va muy bien es sus estudios aunque no lo ven leer un libro.

Este niño, ¡Será mi cruz! Dijo José algo enfadado; María no pudo evitar un gesto de dolor al oírlo, ¡No podría estudiar un poco como los demás!

Voy a hablarle, de hoy no pasa. Jesús Jesús donde estás.

Estoy aquí padre.

¿Qué haces?

Miro el universo por Internet.

Vaya ocupación, tu sabes que debes obediencia a tu padre y a tu madre así que deja el chisme ese y ven que hay que pasar las cuentas del taller.

Pero es que... tengo un sistema solar en observación.

Ni sistemas ni soles, ya es hora de que te ocupes de las cosas de tu padre.

Eso hacía, dijo el niño en voz baja.

Pues vale, deja ese juego y a repasar las facturas conmigo.

Jesús echó una ultima ojeada a esa estrella y su corte de planetas. Un mundo de mundos.

Tomo su ábaco y comenzó a sumar las facturas de los proveedores.

En tanto en su habitación el ordenador emitió un pit pit entrecortado y poco a poco todos los planetas , perdida la atención del niño, fueron colapsando.

Hasta el sol se apagó en un estallido silencioso.

Darío
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