sábado, 8 de septiembre de 2012

Un romance otoñal.


Comenzado bajo la quiosco del parque, que hoy tiene aromas de huerto de convento, de retiro. Frías gotas de una lluvia mansa crepitan en las hojas secas. Basta cerrar los ojos, oler la tierra húmeda para ensoñarse lejos. Lejos de si y de la nada.
Creerse huertano en la almunia paterna, bañada de promesas de luz mediterránea.

Ella está impasible frente al aire frío, que en cortas rachas, juega con su fular y al que un breve hálito de borrasca, hace tremolar sobre la cara; roza la boca, como si pidiera silencio, como velando su boca del primer roce de un labio amigo.
Como un beso de la nada remoto, inexpresivo, vacío, sin gana.

Antonio piensa que es ella, tal como la soñó, como siempre la quiso y comienza a escribir en su mente un romance en tempo de adagio, melancólico y lento, como aquella obra propia, que Giazotto atribuyó a Albinoni. Recuerda cuantas horas en el conservatorio machacó sus dedos sobre el violín, buscando la perfección y ese baile discreto de las yemas de sus dedos sobre la tastiera. Evocando en el el violín un cuerpo de hembra, el cuerpo de ella.
 
Romance de otoño. Unos ojos que se buscan pero no se mantienen la mirada, unas manos que quieren abrazar y solo atrapan nada. Un volumen de cuerpos, las manos que esculpen los contornos en la nada y una voz queda susurrada...
La asistente -cómplice voluntaria- ha dejado sus sillas muy juntas con las ruedas casi rozando. Y bajo la manta, que cubre su piernas paradas, Antonio siente en el bajo vientre un fuego que le quema el alma.
El golpeteo del agua en las hojas vuelve. El rumor del aire peinando la hojarasca... Es tarde, tal vez demasiado. Antonio impulsa su silla por la pequeña rampa y vuelve a la casa. Carmen queda allí bella inerte, con la mirada fija, quizás enamorada esperando la mano que la lleve a casa que empuje su silla.
Mira sus ojos, ¿No ves un brillo nuevo? Una emoción lejana... di que si Carmen está también enamorada. 
Darío 
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