domingo, 23 de octubre de 2011

Un día perdido

Luis llegó a su casa cansado, arrugado roto. El polvo de la calle, daba a sus zapatos una pátina indescriptible. Humo de coche, orina de perro, algún viejo chicle pegado a la suela. No pudo menos que comparar su calzado con su alma. Después de un día agotador en el asfalto, también su alma necesitaba aseo. Se cambió, dejo la camisa, que ya comenzaba a tener ese olor a cebolla de las personas sin aseo, en el cesto de la ropa sucia. Cepillo lo bajos de sus pantalones y los colgó a ventilar en el lavadero.


Estaba así en calzoncillos, cuando al pasar por delante del espejo una duda asaltó sus recuerdo. No sabía como, pero al hacer el balance mental de la jornada, pensó he perdido el día. Entonces su cerebro como un eco respondió si has perdido un día, que no es lo mismo que un día perdido.


Con esta sospecha batiendo entre sus sienes, se precipitó la entrada de su casa. Allí sobre el sardinel, como si inintencionalmente, la hubiese querido dejar fuera estaba su portafolio. Su herramienta de trabajo. Con mano temblorosa accionó el cierre, y del desorden de su vientre regurgitó una masa de cifras y de días. Unos trozos de agenda, de diario. Junto a ellos un lápiz, dos bolis de colores y otros trebejos de faena.


Amorosamente, tomo en sus manos los días rotos, con suma paciencia los puso de nuevo en orden y comenzó a ajustarlos en la agenda.


Comprobó con desolación que le faltaba un día. Si si faltaba un día el 30. Una mirada a su reloj de pulsera le bastó para asegurarse, allí se leía 31. Hoy es 31. En su agenda solo aparecía el 29. Le faltaba ayer, ayer jueves 30. Porque ayer, era jueves seguro, y según el calendario 30. Hizo memoria, si ayer era jueves. Lo sabía porque en el restaurante, que instalado bajo su despacho, había paella. La tradicional paella de los jueves. “Edu” el propietario le había explicado varias veces que le noche del jueves entraba pescado y marisco fresco, que los pescaderos solían dar de barato sus existencias para comprar genero fresco para el fin de semana.


Luis intentó serenarse, a ver pensó ayer era jueves eso es seguro, hoy es viernes 31, afirmó mirando otra vez su reloj de pulsera. Luego si eso es cierto ayer era día 30. Pero donde estaba el dichoso día.


No parecía en la agenda, pensó si se lo habrían robado en el metro. No, no imposible quien le iba a robar un día de su cartera, solo un día, para dejarle allí el resto.


En este momento, con la respiración acelerada y el corazón haciendo un solo de batería. Luís se sentó en el suelo. Respiró profundamente y continuó sus razonamientos, ¿A ver que había hecho el ayer? Ayer era el día de pago de Doña Amalia, eso es cierto. Doña Amalia, era una de sus clientas mas antiguas, pagaba con la regularidad de un reloj, todos los días 30 de cada mes. Un vistazo al resto de documentos terminó por confirmar sus razones. Allí entre los documentos estaba el cheque de Doña Amalia, Su firma el importe el banco y la cuenta y lo mas importante la fecha, 30 de mayo es decir: En Barcelona a treinta de Mayo de 2010. Ahora si estaba seguro ayer era día 30 de Mayo... Pero en su agenda la anotación aparecía el día 29. Junto a ella también aparecían otras cosas que había hecho el 30.


El trabajo se mezclaba con sus asuntos, allí leyó:





  • Llevar los botines al zapatero.




  • Llamar Ernesto el de expediciones, para saber cuando le llegaría un pedido.




  • Visitar a Gonzalez Roig (cliente nuevo)




  • Llevar muestrario a la ferretería comprar pintura para el patio...




Así una larga lista de cosas que junto al cheque probaba que el día 29 y el 30 se habían mezcaldo.


¿Pero donde estaba el día 30? Eso era un misterio. ¡A ver como se lo explicaba al jefe! Con lo serios que se ponían en personal con eso...


Darío.


Recordando a: Ramón Gómez de la Serna

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