miércoles, 16 de noviembre de 2011

El Pordiosero

 

Un día de otoño. El atardecer vestía de rojo. El crepúsculo teñía en rosas las piedras de la iglesia.


Junto a ella hierático y altivo, un indigente de hirsuta barba de color panocha. Ralo y escaso cabello. Ataviado con una prenda entre gabán y guardapolvo que recordaba el atavío de aquellos primeros conductores de automóvil de gorra de visera y anteojos.


La campana quejumbrosa, comenzó a desgranar el toque del rosario. Poco a poco, por las cuatro callejas que dan a la plaza, distintos grupos de beatas fueron haciendo su aparición y entrando en el templo.


Las que entraban por la derecha según se mira a la fachada, tenían que pasar por delante del menesteroso. Alguna aun joven, no pudo reprimir un movimiento entre extrañeza y asco.


María mayor algo sorda y despistada pasó sin inmutarse por delante del pobre casi expectro. Ya en el atrio Pascuala viuda como ella le pregunto:


¿Pa que pide?


María sin inmutarse dijo:


Pa melecinas lleva un cajeta de cartón que pone Cialis y pide pa un polvo.

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