sábado, 29 de noviembre de 2014

Palangre


El gusano gordo se revolvió en su mina, ya no recordaba cuanto tiempo llevaba allí. Su nombramiento ni había aparecido en el BOE. Lo suyo era una gota de corrupción que un dedo áulico había dejado caer sobre un trozo relativamente intacto del sistema.
 
Pronto se contaron cientos miles de bichos como él, cada uno en su mina, cada uno en su chollo.
Decían que si venían malos tiempos, que si ya no quedaba un rincón de la estructura estatal por contaminar.

Todos los días la prensa traía noticias de nuevas áreas gangrenadas que la justicia descubría.
Pero el estaba tranquilo sabía que no había cirujano para sajar tanta podre, no había o no quería...

Por eso cuando sintió una mano le tomaba por su cabeza se limitó abrir la boca con un gesto glotón, no comprendió porque le obligaban a tragar ese trozo de acero, porque tenía que amoldarse a esa forma curva, y sobre todo ello la punta arponada que casi asomaba por su vientre, nadie le había explicado hasta la fecha que era un anzuelo...

Consiguió mirar hacia arriba y vio la imagen centuplicada por sus innumerables ojos de un humano joven y con coleta.

No entendió bien que decía ni a quien. Pero le sonó algo así cómo buen palangre hemos montado si no pican no será por falta de cebo. Si Pablo hay que reconocer que PODEMOS hacer una captura insólita, ahora solo falta encontrar el banco.
No te apures llegará el solito ya lo verás dijo el de la coleta.

Entonces sintió como se sumergía en un mar frio y salado, delante y detrás de el había otros ¿cebos? ¿Lo habían llamado cebo? Un agua verdosa donde miles de ojos y bocas hambrientas los miraban.
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