domingo, 31 de mayo de 2015

La tela de araña.

Una vega a la vera de un río el llano feraz ubérrimo una fronda frutal de tierra prieta. Las ollas de loza oscura orzas y lebrillos ollas de unto y grosura.
Redoble de tambor el trueno suena ilumina el horizonte la tormenta, caen goterones que dejan en el suelo manchas del tamaño de monedas.



Monedas de plata son, dice el anciano, cada gota hará crecer nuestra cosecha, monedas que espantan el hambre por un año tal vez un poco mas si a Dios plugiera.



El joven que le acompaña está perdido entre las zarzas, un tul de seda, la tela de una araña, ha retenido en trampa cuatro gotas de agua, a lo mas media docena.

Sabe su reverencia, decía el joven mirando la tela, la vida es como esa tela y el agua, caza unas gotas que poco a poco caen a tierra. La red de la araña no está hecha para cazar gotas de agua y sin embargo la hacen bella atractiva la vida es igual un laberinto de hilos en el cual nos enredamos. Somos la gota que hace de la trampa collar de cristales.



Quiero decir, aclaró ante la mirada perpleja del viejo, que brillamos en la vida porque hay otros, queremos tener porque otros tienen. Pero al final terminamos en el suelo hechos barro fango.

Tiene usted mas de ochenta años, y seguro que no recuerda dos seguidos que no le hayan traído su afán su pena.

Creo que te entiendo.

Escucha, fray Diego, cuando yo llegué aquí las cosas eran muy distintas, primero solo éramos una docena de hermanos frailes a los que el rey encomendó una tierra y junto a ella la grey de Cristo, colonos que venían a poblar la nueva tierra. Talamos bosques abrimos riegos y comenzamos a cultivar lo necesario para el sustento, nuestra fe pide pan y vino para alimento del cuerpo. Y de las almas pan vino y aceite para los oleos. Luego mas adelante llegaron los frutales las legumbres.

Era nuestra tierra de promisión. Pero la tierra prometida solo es en esencia trabajo. Cuando nuestra subsistencia estuvo garantizada, llegó el tiempo del estudio, cada vez mas hermanos se podían dedicar a la lectura a la escritura, al canto. A interpretar el derecho a traducir la filosofía pagana a nuestro credo.

Tu ves ahora la orden como esa tela de araña, una complicada red de relaciones con la corona, la nobleza, el resto de la iglesia.

Te sientes gota de agua presa destinada a brillar, y te parece trabajo estéril.

Pero no lo es, eres educado y culto erudito y versado. La orden piensa que tu sitio es la corte.

Allí velarás por nosotros en tanto que conduces las almas de los poderosos por el camino de Dios.

Perdone su paternidad si le parezco brusco descarnado a puro de ser sincero. La orden es una red, que nos sujeta y marca nuestra trayectoria hasta la muerte. Somos un fulgor que brilla en ella te comprendo hijo, cuando dejé los estudios y vine para dirigir este cenobio, yo también me revelaba. Yo amaba la corte, el gobierno sus pergaminos sus sellos. Pero el Señor me trajo aquí a cuidar de huertos y de siervos.

Hoy puedo devolver a palacio a un hijo amado, para que desempeñe mis sueños.

Perdón padre por ser soberbio, mi voto de obediencia es lo primero. Volvieron una vez mas la vista a la ubérrima vega al fondo en la entrada del bosque brillaba el granito del convento. Piedra que como la fe desafía el tiempo. Casi sin querer el abad dio un golpe con su báculo y barrió la tela de araña, las telas de araña, como las mujeres, son cosas que el diablo pone en la vida para distraernos.






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