viernes, 8 de mayo de 2015

Los placeres y los días

Dicen que allá muy lejos en el tiempo y la distancia, hubo una vez un país
“antipodario” donde todo era diametralmente opuesto a lo nuestro.

Por ejemplo: Los almanaques nacían escuálidos magros flacos para irse engordando con el zaguaque de los días, porque el tiempo los días eran vendidos en eso zaguaque o pública almoneda.
Bueno quiero decir que como en catalán había un mercado de encantes donde precisamente así con un canturreo se vendían los días.
Los almanaqueros concurrían muy serios a la subasta y con el mismo espíritu febril que los coleccionistas cambian y compran cromos junto al Mercado de San Antonio.

Al principio era un guirigay -que no es lo mismo que un gay guiri- donde se oía pregonar martes y jueves veintiséis dos domingos diez y ocho. Tengo tres lunes de pascua los cambio por dos “pascuetas” y un corpus. Por eso la autoridad incompetente, como correspondía a ese país. Decidió poner orden y fijar un subastador o vocero que cantaba los lotes, fijaba el precio de los remates para que el almotacén previo control y homologación de los días pudiese cobrar el correspondiente impuesto.


Ese fue el error y la muerte de aquel mercado, porque una vez establecida la oficina de tasas o impuestos el fielato, sucedió que por mala administración de los gobernantes había menos días que impuestos.
Así nadie quería hacer calendarios, muy a menudo se quedaban los lotes sin puja.
Por ejemplo se oía a menudo: Dos martes de carnaval y un jueves lardero con impuesto de cocinillas tasa perdulario paraguas y chubasquero...
No, no yo busco un viernes de dolores y un día de la raza ambos de reestreno, contestaba un almanaquero airado. Porque resulto como siempre que los políticos organizan las cosas que los mejores lotes se adjudicaban a dedo.
Al malestar de los concurrentes a aquel zoco hubo que añadir las protestas y tumultos que se produjeron cuando, la autoridad obligó por decreto a comprar de antemano el día de subasta y el del nacimiento.
Para luego más tarde exigir; que todos tenían que acudir a la subasta con su partida de nacimiento y el día de autos, algo absolutamente imposible para un día aun no celebrado.
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