domingo, 15 de diciembre de 2013

Vuelven los diablos Luzbe Belcebú Mefisto...



Luzbelita repasaba un manual de tentación, era un sobado vademécum en cuya portada se veía el escudo de una afamada universidad.  En el interior de la guarda se hallaba el exlibris de Mefisto. Es decir de su padre.
Belcebú la miraba y admiraba con esa envidia diabólica que solo un demonio de tercera clase podía sentir.
En parte, la envidia era en Belcebú un sentimiento y en parte un ejercicio mental, que desembocaba en un taichi, una tabla propia de ejercicios usada por los diablos de su clase. Un arte marcial con el que aprendían a canalizar la envidia, para mas tarde, envolver con esa mala energía a sus víctimas humanas. 
Con un poco de suerte el hombre atacado con un par de ejercicios envolventes de es diabólica envidia terminaba por generar odio al que creía su enemigo.
Luego el odio y la envidia producían el pecado. Si se conseguía disimular la ira como indignación, se podía hacer creer a la victima; que la violencia contra otro humano o contra otra institución humana era deseo de justicia.
¡Ah cuantas guerras! cuantos destrozos entre los hombres se habían producido en la historia de estos a partir de un deseo de justicia. Nada era tan fácil como retirar el velo que cubría el impulso cainita propio del hombre.

Andaba pues Belcebú haciendo su suave baile marcial, buscando focalizar su energía en el livor cainita, para canalizarlo transformado en homofobia.
Era la homofobia vestida de indignación, de santa indignación, lo que había permitido durante siglos, la justicia vengativa. La justicia con verdugo, que para corregir lo incorregible, aplicaba torturas y hasta la muerte del reo de manera cruel y pública.
Por unos segundos pensó en el sentido actual que se da a la homofobia y a santa indignación no pudiendo contener una carcajada convulsa, que destrozó la elegancia de su última posición de taichi.

"Luzbe" le miró acompañando la vista con un gesto de desaprobación. No me extraña que nunca llegues a nada, payaso eres un payaso. ¡Es qué no eres capaz de tomarte nada en serio!

Lucita acertó a decir Belcebú tartajeando...
Ni Lucita ni Luzbe dijo la diablesa indignada, mientras le tiraba a la cara un opúsculo sobre la tentación y la escolástica, del que era autor Satán de Ockham.
Satán de Ockham era el demonio adscrito a la escuela de escolástica franciscana según decía el prologuista, que no era otro, que el inevitable Mefisto.
[Para mis lectores diré que Guillermo de Ockham es el pensador que inspira el personaje de Guillermo de Baskerville, en la novela de Umberto Eco El Nombre de la Rosa. Aunque en la novela es algo más detective que pensador]

Curioso Belcebú, continuó leyendo unos minutos más, para intentar comprender que conocimientos superiores contenía el reducido libro. ¿Que había obligado a la corte demonica? a crear diablos personales para los principales escolásticos.
Como casi todos los libros que usaba Luzbelita, a la cual solo había visto seguir con atención y durante horas, programas de televisión llamados de glamur y luxe. Le pareció que contenido y formas eran de una peantería insoportable. Creía que Luzbelitas se paseaba con esos libros de su padre bajo el brazo, solo para darse pisto.
Luzbelita era como aquellos hombres del siglo XVI y XVII que se hacían pintar, con un libro en la mano para significar que sabían leer.
Pero en realidad era menos profunda que una revista de esas que ponen en las peluquerías para que las chicas hagan tiempo. Era así de simple y así de vieja ¡Ea!
 
Lo primero que le sorprendió fue una terminología filosófica que el siempre había entendido como pedante. El comienzo era muy sencillo, decía que:

  1. Para el hombre nada existe si no es aprendido por sus sentidos y comprendido por su mente.
  2. La mente del hombre limitada en capacidad y limitada a comprender aquello que el flujo de datos de sus sentidos le aportaban, era fantasiosa en sus proyecciones y falsaria en sus explicaciones. 
  3.  Aunque había que reconocer una capacidad para las matemáticas que permite al ser humano profundizar en el universo invisible o inasequible. 
  4.  Para el hombre la realidad son los perceptos, es decir lo que percibe del mundo sensorio (esto lo tuvo que leer varias veces para comprenderlo) 
  5.  Queda claro por tanto a luz de una inteligencia superior como la diabólica, que el percepto es una mezcla de sensaciones sensoriales y emociones percibidas que se asocian. (esto ya era de mucha mayor comprensión para él) 
  6.  Y último. El diablo, como el hombre que entiende lo que de metafísico tiene un percepto. Puede desquiciar la mente humana con solo favorecer o menoscabar las percepciones. Solo con proponer similitudes que desequilibren su edificio lógico.  Algo que era muy sencillo. La desazón y el sufrimiento se apoderaban del alma humana.

-¡Puaj! Vaya serie de complicaciones, con lo fácil que resultaba excitar la codicia la lujuria o la gula (se preguntaba para que hacerlo tan complicado)
Lo que no entendía Belcebú era que eso que ellos llamaban Gula y hermanas es decir los pecados capitales eran la creación de una mente escolástica y demonizada.
Nunca cayó en la cuenta que los Pecados Capitales eran todos femeninos.

Si hubiese notado eso, el machismo innato en la descripción del pecado... tal vez hubiese comprendido las razones del Colegio Satánico para crear una división de diablos especializada en pensadores.

Pero no lo percibió así y como no estaba su suegro, se evitó recibir un chorreo, que hubiera sumido su ego en una nueva sima de dolor. ¡En fin cosas de diablos!

Anduvo un tiempo fijo pensando en la inexistencia de las cosas. Comprendió vagamente, que sí, que debería ser una ventaja eso de que - Las cosas solo tienen existencia en la mente del hombre-, que conocido esto, era muy fácil ponerle ejemplos que dejasen en evidencia su raciocinio.

Seguro que anduvo un par de siglos hacia atrás en su existencia, y al final fatigado, pensó que era más placentero tentar al canónigo ahíto de gollerías con las nalgas de una canonesa o hasta con las de uno de los cantores imberbes del coro, que dedicarse a sutiles raciocinios con al banquero con la usura y la codicia que meterse en enredos filosóficos.

Si Luzbelita hubiese asistido a esto no le habría quedado la menor duda estaba casa con diablo de 3ª.       
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