jueves, 26 de diciembre de 2013

La maté soy anawim, que el espíritu me proteja



Si señor... confieso que la maté, creo que el crimen ya ha prescrito en la justicia de los hombres.

Pero siento que debo confesar ante ti mi maestro en la Logia de los Pocos.

La Logia de los Pocos, es un enclave místico intelectual en que se juntan los caminos espirituales y de poder. A ella llegan la formación templaria, la esencia rosacruz, y los dos obediencias masónicas, los dos ritos. Generalmente la gente se asocia a estas entidades por un espíritu de trepa. Piensan tener acceso a los que detentan el poder, simplemente un figurar en espera de la parte de nepotismo, o aun peor de simonía que todo grupo tiene.

Pero la inteligencia suprema dispuso que el portero de la logia fuese, uno o varios, Janos bifrontes que extienden su doble mirada al camino de llegada del neófito y le indica cual debe ser su ruta de aprendiz.
La Gran Sabiduría ve de dónde vienes y decide tu camino, decide, tu adónde has de llegar. Solo los auténticamente pobres en el espíritu, los anawim en el texto hebreo, les es dado la posesión del Reino.

Yo soy de ellos, figuro entre el corto número de los discretos y por eso ante vos mi Buen Pastor mi maestro confieso mi crimen, yo maté con las armas del credo.

Maté con el alma, pero fue algo hecho en defensa propia y en defensa de la comunidad que represento.  
 

La vieja bruja nos tenía amedrentados, era un arpía.  Nos obligaba a usar impersonales verbos, siempre referidos a ella. Toda acción del grupo se conjugaba siempre en tercera persona. Ella. Solía salirse siempre con la suya, bien usando la lástima, bien con amenazas veladas o maldiciones claras...

A mí me dejó una vez en ridículo ante la comunidad, tan asustados los tenía la tirana, que nadie quiso proceder contra ella en un acto de justicia. Por eso comprendí, que estando solo nunca podría hacerle frente. Decidí variar la estrategia, ella debía morir, eso era cierto. ¿Mas? como matarla limpiamente, sin sangre de forma que pareciera un accidente. Y sobre todo quedar  lejos de la menor sospecha.

Era fácil, solo se trataba de empujarla a la cumbre de su ego, y con un poco de suerte esperar que se despeñara. ¡Que dulce le parecía la venganza! La dejé hacer y me hizo servil soplagaitas de sus voluntades. Pero yo esperaba, cada día la ayudaba a subir un peldaño en su egoísmo, un paso más hacia su perdición labrada de su mano.

La déspota, fue poco a poco labrando más y más antipatías.  Y un día cuando en la cumbre de su delirio quiso hacerse un ascensor, una vía privada para ella sola, pero pagada con el dinero público... Aproveché sus tintas, la imagen que nos daba, y subrayé el aspecto de su vejez caduca, reducida a una silla de ruedas... viose a sí misma gracias a mi juego de palabras en su decrepitud, enferma sola.

Se vio inútil, en esa comunidad que se había construido y que ella misma rechazaba. Yo comprendí su fractura interna y pinté con colores del barroco el cuadro tenebrista que ella esbozaba. Por un instante su cara mostró el dolor de la herida, sus propias manos rasgaban su alma. Entonces me limité a sonreír, a poner una dulzura amarga en la imagen que de sí misma perfilaba.

Fue breve, me sentí como el guerrero que hunde su arma en las entrañas del enemigo. Pero fue rápido y limpio, mi golpe estaba dado, a los pies de su ego apareció el abismo y la tragó; ya hace tiempo que no sabemos de ella. Vendió su parte y se fue a otro lugar, los comuneros estamos contentos, creo que fui justo.
Maté su personalidad con poco esfuerzo nadie lo notó ni siquiera ella...

Pero yo he de confesar a mi maestro que use la fuerza y la razón de la experiencia, en un ataque despiadado contra un ser humano algo que no podría haber logrado sin la formación obtenida en la gnosis, aquí en el Templo de Salomón en La Logia en la secta. Y ahora que siento mi poder, mi astucia y mi fuerza, confieso ante vos hermano y maestro para no olvidar lo justo que he de ser al aplicar la ciencia. Soy anawim pobre en el espíritu como dice en el sermón de la montaña el profeta.
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