sábado, 25 de octubre de 2014

El leproso.

Lo siento os había dejado a medias, es que el centauro siempre ha de ejercitarse en el arte de confundir. Yo os puedo jurar por lo más fantástico, que en vuestra mente quepa, que el psiquiátrico es el nombre en clave que damos a nuestro club. Llamarlo; templo, logia, ateneo, academo o sindicato que mas da, solo apreciareis una parte de su realidad.

Como ya habrán comprendido los lectores mas perspicaces, mi vista tenía como motivo adicional la asignación de nuevo discípulo. Esta vez y pese a mis negativas me ha tocado un leproso.

En nuestro código, un leproso es alguien al que hay que asilar. Un individuo que se considera peligroso para nuestra hermandad.
Se comprende, que todos los servicios de seguridad de los partidos políticos, las naciones y las finanzas, han intentado alguna vez, saber que hay de cierto en la historia centaura. Por creer que el conocimiento, que se supone poseemos, podría utilizarse para sus fines.

Pues bien, me han adjudicado un individuo, que proviene de las hordas de un conocido partido político. He recibido la orden escueta de mantenerlo lejos de todo conocimiento serio, y lo que es peor solo dos alternativas.
O manipulo su mente para que creyendo que sabe cometa un error que le cueste su futuro.
O por el contrario le convenzo de que lo que pude aprender de nosotros no le sirve de nada en su viaje hacia la poltrona.
He argumentado, que de momento no hay ningún político en la nación cuya estupidez le haya costado el puesto.

Mi interlocutor ha puesto el ejemplo de Gallardón, y yo he respondido que lo de Ruiz era solo un problema de colonia.
-¿?
-Si, he aclarado. El señor este, huele a incienso, cuando el aroma del partido debe oler a pueblo. Ya se sabe una mezcla de olor a sudor y esfuerzo.
Algo choni, algo como ir vestido con chándal y zapatos de tacón de aguja.

Claro nadie imagina a un ministro con chándal y unos zapatos de Salvatore Ferragamo claro que ellas... con peineta, mantilla española, y zapato de Versace o Stuart Weitzman, tampoco les queda muy bien el chándal.

Bueno nos reímos mucho imaginando a esos pollos con tales atavíos. Es un viejo juego nuestro, que llamamos el travestido. Se trata de imaginar al gobierno como si fuesen muñecas de aquellas que tenían un gran ropero.
Es bueno poder poner y quitar una mitra o un capelo. Suponer a un banquero travestido de Teresa de Calcuta. A un trepa sindical como ciclista, o a un consejero de sanidad como remero de Caronte. ¡Ah los estereotipos cuanto juego dan sin pronunciar palabra!
Pero con todas las bromas del mundo por medio, el Consejo Centauro fue inapelable. Me toca a mi lidiar con el leproso.
Evidentemente planteé que era una operación en la cual yo debería mantener el anonimato mas estricto. El leproso no debería conocer ni mi domicilio, ni otro conocimiento, de mi persona. Estuve por citarlo en Bilbao o en Marbella, cualquier sitio alejado de mis sitios habituales. Pero como el consejo no paga dietas -ya se sabe la crisis- tendré que recurrir a mi capacidad de confundir.
Es más fácil mentir en lo cotidiano, mimetizarse en el día a día, mucho mejor que montar un decorado de teatro.

Quedé con Pablo, así se llama mi alumno en un parque público. Supuse que si se trataba de un “bicho” peligroso tendría la idea de apostar vigías para saber por donde llegaba yo. También debía pensar en la posibilidad de que me siguieran. ¿Que hacer? Estoy seguro que los puedo burlar pero si los chasqueo se darán cuenta de que se que me siguen y por tanto comenzará una batalla en la que no quiero entrar.
Lo mejor es intentar que crean que te siguen. A un individuo que cree que lo sabe todo sobre ti, es sencillo de confundir. Que quiere saber cinco, tu le cuentas quince. El desea comprobar alguna de las afirmaciones que tu haces, procura dejar huellas que se lo confirmen.
Siempre que esos rastros, enfoquen la imagen errónea que produces, nada mas simple.

Había quedado con Pablo en un banco del paseo bajo una pérgola que en primavera hace de soporte a unos rosales trepadores. Allí frente al kiosko de la música suelo pasar algunos ratos leyendo. Lo he hecho tan a menudo que muchos habituales me conocen. El hombre del puesto de periódicos, el dueño del chiringuito de la esquina, los niños que juegan al balón. Todos ven normal mi presencia aunque no tengo mucho trato con ninguno. Los mas me tienen como un maestro jubilado que pasa allí unas horas en el entretiempo. Llegar saludar y que me saluden los habituales; el de los periódicos, la señora que pasea su perro, es un ejercicio que no puede pasar desapercibido a cualquiera que me vigile. Una imagen inocua y totalmente vulgar.

Pero creo que por allí llega.

Es un tipo robusto, chaparro, con gestos que quiere dulcificar. Usa bigote blanquecino que amarillea un punto, como si tuviese costumbre de fumar.
Mira mi libro de tapas violeta, que es la señal convenida para queme identifique.
¡Hola soy Pablo! Dice, tendiendo su mano con ese gesto de familiaridad del que la ha dado muchas veces en su vida.
Estrecha mi diestra; aprecio un miembro compacto y un brazo enérgico. No es un mantecón, da una idea de trabajador del metal, de alguien que se gano la vida con su esfuerzo aunque de eso tal vez hace ya mucho tiempo.
Me lo dicen sus manos, es evidente pasan por una manicura, lástima ese querer borrar su pasado de currante.
Creo que sería un buen Sancho Panza industrial y ha mutado a un Sancho posmoderno.

En pocas palabras me explica su caso, que en lineas generales coincide con mi idea. Joven de familia del norte, con pocos medios llegó a hacer estudios de F.P.

Trabajo y las primeras huelgas de la transición española. Empezó a destacar en el sindicato e hizo carrera. Liberado sindical, diputado autonómico, algún pase por la administración autonómica (funcionario del partido). Ascenso dentro del partido. Una legislatura en Madrid y con la debacle de la izquierda el paro. No era de los que pillaron poltrona en una Caja ni nada parecido.
Tiene inteligencia natural, razona y habla con soltura.

Esta desengañado de sus amigos y compañeros, sueña con ser más, con ser un imprescindible. Ha conocido la masonería y dice que es para ricos ociosos por eso quiere ingresar en Los Centauros.

Así en principio su historia parece creíble, perseguir el desarrollo personal para volcarlo en ayudar a los suyos. Solo este último -los suyos- me pone en guardia.

Ni los cristianos, ni los masones, ni ninguna otra sociedad de filantropías secretas y oropeles sociales usarían un los suyos con tono excluyente....

Bueno alguna si... aquellas que dicen tener el monopolio del cielo. Me atendré a la etiqueta que le han puesto “Leproso” el que lo evaluó así seguro que conoce mas de sus recovecos mentales.
Toda su amenaza reside en su ética, que antepone a que. Razón de estado razón personal ¿ambición? Lo iré desvelando.
Por el momento mi Sancho da la imagen de ser una caja de puros que quedó vacía
¿Se me entiende?


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