miércoles, 6 de noviembre de 2013

Heliodoro Pacheco. (In memoriam)




Hoy debería ir a la pelu.

Tal vez Llongueras. Pero no, mejor no, aun me siento en forma y tengo pelo suficiente como para pagarme piropos.

Iré a la pelu del barrio, ahora ya puedo ir sin tapujos, antes me daba reparo.
Pero Heliodoro el peluquero ya se ha jubilado del todo. Es decir traspasó el negocio, se jubiló, y luego se fue a cobrar el finiquito con la vida.

Eran tres amigos en el funeral y yo. Yo no era amigo de Heli faltaría más.

Creo que aun me recordaba, todo empezó una tarde de otoño cuando el jefe me llamó a su despacho.

Junto a él había una rubia con pintas de salazón. Carnes amojamadas y ojos llorosos.

Fernández me dijo: Esta señora se está separando, cree que su marido le es infiel. Haga usted el favor de acompañarla, le llevará a un bar en el que tiene una cita con su marido. Ella entrará usted deja pasar unos minutos, entra y verá que está con su compañero. Cuando se despidan usted debe seguirlo y averiguar a donde va y si es posible si tiene alguna otra cita.

La señora piensa que marido tiene una aventura con otro hombre, es decir que es gay.

Puse mí mejor cara, intenté imitar la pose de Humphrey Bogart  en papel de Philip Marlowe.

Si jefe contesté, me pasó un sobre con 1200 pesetas.

Salimos de la oficina en silencio, la mojama caminaba con pasos cortos y rápidos. Tres bocacalles más allá del despacho giró a la derecha  sin decir nada.

Nos sumergimos en un barrio donde abundaban los PUB y otros locales similares.

Llegamos a uno con un cartel descolorido, anunciaba Irish Pub. Penetró en el antro, yo encendí un cigarrillo y lo apuré antes de acceder al local.

Era un tugurio tristón, con mesas de madera, adornado con picheles y bocks de dudosa originalidad.

Había un humo denso y un cierto tufo a garito poco ventilado. El agrio de la cerveza y el acre del sudor humano y el humo, creaban una atmosfera densa, casi se podía esculpir en ella.

Me acodé en la barra, encendí el segundo pitillo, maquinalmente acaricie el sobre con las mil doscientas pesetas. Pensé; bueno son mías, me tomaré un güisqui, un güisqui irlandés por supuesto.

La rubia estaba sentada en una de la mesas de el fondo, acompañada por un tío con cara de pocos amigos, barba muy cerrada. Ella gesticulaba al hablar el parecía de piedra.

Permanecieron así un par de güisquis. El primero por instinto me lo tomé pausadamente, el segundo algo más rápido, no era cosa de tener que apurar de un trago el vaso porque el objetivo se iba. En un momento tuve la impresión de que hablaba de mi.

Imaginé que lo amenazaba con hacerlo seguir.Juraría que el sujeto me miró desafiante.

Pero como... después pensé que era obvio, en un PUB donde todos se conocen, un tío nuevo y tomado güisqui en la barra, tenía que ser un huele braguetas, fijo.

La reunión de la pareja parecía terminar, ella hizo un ademán de levantarse, se volvió a sentar, yo aproveché para pedir el tercer güisqui, lo pagué en el momento en que me lo servían, como es tradición.

La seca dio señales de irse. Me terminé el vaso de un solo trago.

Ella salió, el me miró de soslayo, no habrían pasado ni diez minutos desde que salió la clienta cuando se levantó, se puso una trinchera con amplias solapas, paso junto a mi para tomar la puerta que estaba justo detrás mío. Conté mentalmente hasta veinte y salí tras él.

Caminaba despacio por las estrechas callejas, las aceras tenían ese lodillo urbano mezcla de aceite de coche y detritus de ciudad.

Caminó por delante una buena media hora, parecía no tener un rumbo fijo. No se volvió ni una sola vez.

La calleja daba a una gran avenida, giró despacio a la derecha, hizo ademán de volver sobre sus pasos. Mierda quiere quemarme, me dije, me metí en un portal.

No creo que me viera, como mucho mi figura borrosa en la penumbra.

Cambió de idea, tomó por la avenida a paso rápido. Tuve que correr, lo vi, entraba en el suburbano, uf había peligro de perderlo, me precipité escaleras abajo, no estaba. bajé al andén tampoco. Salí por la otra bocamina, nada, se había esfumado.

Metí la mano en el bolsillo, aun me quedaban setecientas pelas. ¡Bah! me voy a la timba de Klaus, a jugar un póker.

Al día siguiente, confesé haber perdido el rastro, el jefe ni se inmutó.

Solo dijo: Vale caso cerrado, la cliente solo tenía esos trescientos duros.

Con el tiempo lo olvidé. Hasta que un día, cuando yo ya no era ni Bogart  ni Philip Marlowe, buscando una peluquería cerca de mi nueva residencia lo encontré.

 Era Heliodoro Pacheco el barbero de la calle, aquel que yo seguí una noche.

Nunca fui su cliente, que se llamaba Heliodoro lo averigüe en el café de cerca de su barbería.

Me producía cierta angustia poner mi cuello bajo su navaja.

Cuando traspasó el negocio si me hice asiduo. Josemi el nuevo dueño era un gay dicharachero y legal. Helidoro se murió, me dio el esquinazo definitivo.

Sospecho que Josemi era su pareja, pero nunca me he atrevido a preguntar.

Total para que, hace de eso tanto tiempo.
(cualquier parecido con personas vivas o fallecidas es casual esto es pura imaginación)    
 
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